Hay algo en La misteriosa mirada del flamenco que la hace diferente, que logra desde el primer momento, y esa es la razón por la que marca una diferencia en el cine chileno.
Dirigida por Diego Céspedes, la historia se desarrolla en un pueblo minero del norte de Chile durante los años 80, en la casa de “Mamá Boa”, quien toma el rol de matriarca en una comunidad de personas transexuales que viven la crudeza, violencia e ignorancia de la época.
El pueblo es un entorno solitario, aislado y, de cierta manera, deprimente. Esta sensación de abandono juega completamente a favor de la película, actuando como una extensión de las malas condiciones de vida y la autodestrucción de los personajes, quienes se encuentran inmersos en un ciclo de autodestrucción a base de fiestas, alcohol, cigarros, y la violencia, tanto física como psicológica, a la que están expuestos.
La historia se centra en Lidia, hija de Flamenco, quien vive con VIH y mantiene una relación con Giovanni, una figura que mantiene una homosexualidad reprimida con culpa y rabia. En este contexto, surge la creencia de que los transexuales transmiten una especie de “peste” a través de la mirada. A partir de esta premisa, los hombres del pueblo, muchos de ellos mineros, evitan el contacto visual con los travestis, construyendo una dinámica de miedo e ignorancia.
Sin embargo, la película expone una contradicción con claridad. De día los rechazan, pero al caer la noche, entre la bohemia y el alcohol, los mismos que los discriminan son los que los buscan.
Esta idea de la mirada funciona como una metáfora muy inteligente sobre el VIH y la ignorancia de la época, que, sin juzgar directamente, expone una realidad que habla por sí sola, y que no se ha quedado en el pasado.
En lo técnico, el montaje mantiene un ritmo equilibrado, la película fluye, permitiendo que uno se sumerja en este entorno físico y el contexto narrativo, sin necesidad de alargar las escenas contemplativas ni explicar demás lo que sucede.
La fotografía es uno de los puntos más fuertes. A pesar de usar un formato 4:3, no limita el campo visual a la hora de apreciar el desierto y el lugar donde transcurre la historia, pero sí genera una sensación de encierro que te adentra en ella.
Predominan planos cerrados, que transmiten la vivencia de los personajes, y al abrir estos planos, la inmensidad del desierto muestra su belleza y también lo hostil que puede ser. El pueblo se ve incómodo, y esto refuerza la vida que llevan los personajes, y sin duda la iluminación natural del desierto aporta de gran manera a la narrativa de la película.
Uno de los grandes aciertos del largometraje está en cómo construye a sus personajes, todos se sienten auténticos en su forma de hablar, de vestir y relacionarse. No hay caricaturas ni exageraciones, especialmente en la representación de los travestis, que se sienten ligados a una realidad reconocible dentro de la cultura chilena.
El guion es sólido en la construcción de estos personajes, sin embargo, hay algunas subtramas que no se desarrollan del todo y conflictos que quedan medio abiertos, pasan a segundo plano y no se entiende muy bien el porqué.
La misteriosa mirada del flamenco es un film muy duro y honesto. Hoy, donde abundan grandes producciones cinematográficas que se sienten vacías, es gratificante ver una propuesta así de auténtica que marca la diferencia y se conecta con la realidad.


