Cualquiera puede escribir

Hay novelas que convierten el desastre en forma. Otras, simplemente se extravían
dentro de él. Geometría del desastre, de Jorge Cifuentes Castillo, parece aspirar a
lo primero, pero demasiadas veces cae en lo segundo.

Geometría del desastre busca ser una novela sobre la escritura, el fracaso y la
experiencia de habitar Antofagasta desde la periferia cultural. Sin embargo, falla
estrepitosamente debido a una narración extremadamente saturada, humor sexual
reiterativo del nivel más bajo, personajes totalmente planos y una estructura que
trata de desarrollarse para quedarse en una reflexión superficial simplista. Lo único
cierto es que el título no miente, porque, efectivamente, es un desastre.

Hay mucho por donde empezar, mucho que criticar, pero trataré de ser directo.
Empecemos con los personajes. El principal, del cual solo sabemos su apellido, no
tiene mejor comparación que Javier Fernández, protagonista de Qué pena tu vida.
Es un rastrero que, a pesar de engañar a su pareja, la extraña y sigue siendo un
miserable odioso, ebrio y drogadicto, que no aprende nada, no evoluciona. Tal como
empieza, sigue igual hasta el final.


Da rabia porque, cuando parece avanzar: “Oh, qué pena, extraño a Ivy”, lo que
hace, sus acciones al final demuestran que no tiene idea de la vida. El elenco de
personajes secundarios no sirve de nada. Quinsacara es el personaje más
interesante, ya que con él empieza el conflicto, pero es una versión descafeinada de
Sancho Panza, pero ebrio, odioso y cocainómano.


Carbonell, el otro amigo, solo sirve para mostrar poemas y el rol del escritor
antofagastino, pero, con respeto, esos poemas hasta Pablo Mackenna los hace
mejores. Alex, la mujer a la que tratan de manera misógina tres cuartos del texto,
solo sirve para que los protagonistas se crean superiores por tener sexo.
Y, por último, Ivy. El personaje, qué digo personaje, es una herramienta narrativa
para “sentir lástima” por el protagonista, que falla porque al final empatizas con Ivy,
de que tuvo que aguantar a este ser horrible.


Si podemos decir algo bueno, es que la estructura dividida en capítulos, que
corresponden a días donde los personajes se encuentran entre sí, y con extractos
de fragmentos, refuerza que como material auditivo hubiera sido mejor.
El estilo de escritura es un fallo colosal, ya que está escrito desde el punto de vista
de un “escritor”, porque vaya que escribe feo. Trata de ser “poético”, pero queda
como entre libro y crónica, solo con lo peor de ambos. Ya que, a pesar de que la

poesía que usa el personaje es decente, se abusa tanto del recurso que te hace
perder rápidamente el interés.
Esto hace que la redacción sea bastante complicada: es muy enredada, retrocede
en los hechos, avanza, se distrae, cuenta anécdotas que no sirven de nada, se
siente como relleno de Naruto.
El vocabulario es muy corto, con una excesiva repetición de palabras, y eso solo
basta con ver la primera página, donde insiste con conceptos que al lector no le
interesan.


Lo que lo hace ver pretencioso, ya que trata de hacer referencias a música metal de
los 90 y música “volada” estilo Pink Floyd, A CADA RATO. Es hartante, lo hace ver
como un snob y más cuando hablan de literatura. Me cansé de leer “Kafka” y
“Dostoievski”. Trata de ser Marco de la Parra en El año de la ballena, pero no le toca
ni las uñas.


Cuando tiene que describir hechos importantes, los pasa de largo, pero les juro que
hay una página entera de un metalero que se saca el “pene”. Lamentable. Hace que
parezca fanfic de Wattpad, y de los malos, como After.
Hilando con esto, el sexo, alcohol, drogas y bohemia es un punto constante en la
novela, pero no tiene razón de ser. Incluso, en un subtexto, parece que te tratan de
decir que todos los escritores viven esa vida miserable en Antofagasta, lo cual es
una basura de pies a cabeza, como que el autor dijo: “Si todos fracasan, yo
también”.


Lo que hace que este círculo de adicciones sea parte del humor, que es horrible. Es
como American Pie, pero las últimas. El humor es: “Teta, culo, Urano dijo ano,
jajaja”. Da vergüenza ajena, en especial con los chistes misóginos. Hay uno que
dice: “Tiene las tetas tan grandes que chocarían seis Titanics”. ¿Y ya? ¿Y el chiste?
Es que es un humor muy básico.


Hubiera sido mejor introspeccionar en por qué estos elementos son importantes, no
que son un común colectivo, que es lo que parece que tratan de decir de la gente
antofagastina. De hecho, en un momento lo tratan con qué significa ser escritor, el
sentido de escribir, pero es interrumpido por chistes de tetas.


Esto hace que la historia tenga menos rumbo que plan de gobierno de Kast.
Algo que me dio mucha rabia es que las críticas dicen, como en la de Jonathan
Opazo: “Es una obra desde el extravío, fragmentación y sospecha”. Basura. Estas
críticas y reseñas nos tratan de decir que Antofagasta es una ciudad laberinto, que
te quedas atrapado en esta.

Pero queda en una versión mala de Leaving Las Vegas. Más de la mitad de la
novela transcurre en la calle Condell y Avenida Brasil; recién al final van a Coloso,
ese viaje dura un solo párrafo, y recién al final de la novela van a la calle Allende.
No me vendas la novela como amor a Antofagasta cuando trata de mostrarla como
una ciudad decadente, que puede ser, pero sin ninguna cualidad. El autor lo hace
ver como si estuviera atrapado y su fracaso fuera debido a la ciudad.


Las críticas ajenas a mí, totalmente desacertadas, dicen que tiene identidad nortina.
Y si esa se basa en ser un deprimido que piensa que vivir en el norte es triste
porque aportamos mucho al PIB, pero no nos dan nada, qué bien, pero no todos
pensamos así. Qué lástima que su pensamiento sea tan triste. ¿Sabes? Ándate
mejor y déjate de quejar, aburres.


Básicamente, el texto es una especie de Chasing Amy, pero como si la hubiera
escrito Sebastián Badilla y Nicolás López, producida por Harvey Weinstein.
Problemas narrativos por doquier, se abusa de la prosa poética.
Hay unos párrafos de una línea y otros que duran una página entera. Fatal. Cuando
te das cuenta de que el escritor es psicólogo, tiene sentido que trate de explorar
tanto la psicología de los personajes y los abusos de sustancias, pero queda en algo
muy superficial, ya que no solo basta con personajes complejos e imperfectos, sino
con arcos de redención que nos hagan empatizar con los personajes.
La trama no avanza. Lo que nos proponen como la historia de cómo tratan de crear
una novela sobre Alex, para que al final digan que no vale la pena, dándonos a
entender como si hubieran aprendido algo, pero es puro despecho porque al
personaje de Quinsacara le hacen la de “Patas Negras”.


Ni siquiera diría que su propuesta inicial era buena. Simplemente, se le ocurrió
escribir un metalenguaje de escritor y queda en la superficie más básica, como si
solo mencionar referencias de obras externas bastara, pero no. Ese metalenguaje
tiene que servir como conciencia de lo que sucede, de que esta no es la típica
novela, pero solo rasca vacío.


Con estos datos, nos damos cuenta de que el libro jamás tiene un rumbo claro, al
profundizar en las historias que no se deben, para dar profundidad a personajes con
los que jamás conectamos.
Mi nota final para Geometría del desastre es un 2,2/7, siendo bastante generoso. Lo
que nos demuestra que tener una idea novedosa en una región como esta no sirve
para ser un éxito o ser un buen libro; solo se nos demuestra que cualquiera puede escribir.

Autor

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