Parío y Criao, del realizador audiovisual antofagastino Jorge Donoso, es una película que busca retratar una realidad muy presente en el norte de Chile, la vida de un joven migrante en contextos de precariedad y las ganas de salir adelante a través de oportunidades como el fútbol. Desde el inicio, se percibe esa intención de mostrar una historia cercana, reconocible y actual, centrada en un chico que intenta proyectar un futuro distinto dentro de un entorno complejo.
Uno de los aspectos que más destaca en la película es su propuesta audiovisual. La dirección de fotografía, las tomas y el montaje logran construir una estética que acompaña bien el relato y le da una identidad clara. Se nota un trabajo cuidado en la imagen, así como también en elementos que aportan sentido desde lo visual, como el grafiti de “Parío y Criao” al inicio, que marca un sello y sitúa al espectador dentro del mundo que se quiere representar. A esto se suma la banda sonora, que resulta especialmente acertada, ya que el hecho de que sea propia de la película le da coherencia y refuerza el tono urbano de la historia, funcionando como un complemento que potencia lo que se muestra en pantalla.
Sin embargo, no todo dentro de lo técnico se mantiene igual de sólido. Particularmente hay una escena donde el corte es tan evidente que rompe la continuidad y armonía visual por unos segundos. Hasta ese momento, la película logra mantener al espectador inmerso en su mundo, pero ese quiebre hace que, por un instante, uno deje de estar dentro de la historia y vuelva a ser consciente de que está viendo una película. Aunque puede parecer mínimo, ese detalle interrumpe la experiencia.
En relación con el protagonista Yorman, hay un aspecto que llama la atención durante la película. Yorman, a lo largo de la historia, es un personaje que no siempre logra generar empatía. Si bien se entiende su contexto como joven migrante y sus ganas de salir adelante, muchas veces se percibe como superficial, especialmente por su constante fijación en dejar la toma y vivir en un lugar mejor, lo que responde también a una realidad en la que muchos jóvenes sienten vergüenza de las condiciones en las que viven, sobre todo en espacios como el colegio, donde la opinión de los otros influye directamente en la construcción de la identidad.
Esto se refleja también en su relación con su abuela, quien ha hecho un esfuerzo evidente por criarlo y sostenerlo en un contexto difícil. Aun así, Yorman no logra empatizar con ella en la misma medida, manteniendo una actitud más centrada en sus propias exigencias. Esto refuerza la distancia con el espectador y hace que su desarrollo se sienta incompleto.
Algo similar ocurre con el fútbol, que aparece como uno de los ejes de su vida. Aunque se plantea como su principal motivación, no se percibe como una pasión completamente genuina, sino más bien como una vía de escape, algo que hoy en día es común en muchos jóvenes que ven en el deporte una oportunidad de mejorar económicamente. Esto debilita el personaje, ya que aquello que debería ser su motor no logra transmitirse con suficiente fuerza hacia el espectador.
En este sentido, aunque la película logra construir bien su contexto y su intención, el protagonista no alcanza el mismo nivel. Todo parece funcionar la propuesta visual, el entorno, la idea menos la profundidad del personaje. Esto puede explicarse, en parte, por el hecho de que no se trata de un actor profesional, lo que también se refleja en diálogos que en algunos momentos se sienten poco naturales o demasiado estructurados.
Es recién en este punto donde el realismo de la película cobra aún más fuerza. Más allá del desarrollo del personaje, la obra logra retratar de manera muy clara ciertas dinámicas presentes en las tomas, como los problemas con el acceso a servicios básicos o los acuerdos informales entre personas para obtenerlos. También se reflejan tensiones propias de estos espacios, como conflictos entre vecinos o la presencia de situaciones que generan inseguridad. Todos estos elementos aportan a una construcción creíble del entorno y permiten entender mejor la realidad que se quiere mostrar.
El final, por su parte, es uno de los momentos más significativos. Funciona emocionalmente y logra sorprender, especialmente por lo que implica tomar decisiones difíciles para poder avanzar. Sin embargo, da la sensación de que todo ocurre muy rápido, como los acontecimientos se encadenan de forma acelerada, lo que deja al espectador con la impresión de que la historia podría haberse desarrollado un poco más. Aun así, se entiende la idea que se quiere transmitir, el deseo de progresar, de elegir un camino distinto, incluso cuando eso implica sacrificios importantes dentro de otro país.
En definitiva, Parío y Criao logra retratar una realidad que, aunque pueda parecer repetida o incluso “normal”, está lejos de ser simple. La vida de quienes migran, en contextos de precariedad, no es una historia fácil ni evidente, sino que implica adaptarse, resistir y muchas veces separarse de sus raíces en busca de una oportunidad mejor. En ese sentido, la película no solo muestra un contexto, sino que invita a mirar con más empatía estas experiencias, recordando que detrás de cada historia hay un esfuerzo constante por salir adelante. Y aunque el relato deja la sensación de que pudo profundizar más en su protagonista, logra instalar una idea que permanece: que avanzar no siempre depende solo de las ganas, sino también del entorno en el que se crece. Porque al final, más allá de la historia, lo que queda es esa tensión entre querer algo más y las condiciones que muchas veces lo limitan, una realidad que nunca se ve pero que sí está mucho más presente de lo que parece.


