No todas las historias terminan como queremos, hay algunas que ni siquiera nos hubiera gustado que empezaran y otras que no terminan, por más que todo alrededor nos deja ver que ya terminó. Es un espacio incómodo. Ahí es donde “La vida de los peces” decide instalarse.
El largometraje es dirigido por Matías Bize, cineasta chileno quien con su cuarto filme vuelve a confirmar su comodidad ante una misma temática e incluso una misma idea: navegar la complejidad de las relaciones en pareja. “La vida de los peces” cuenta la historia de Andrés, un periodista que ha vivido durante diez años en Alemania y quien en su última visita a Chile, asiste a la fiesta de cumpleaños del hermano de quien solía ser su mejor amigo, Francisco. Ahí se reencuentra con su gran amor y otros fantasmas.
Estrenada durante el invierno de 2010, el proyecto de Bize obtuvo un gran reconocimiento entre el circuito de festivales de cine a nivel nacional e internacional, obteniendo diversos premios tanto a las actuaciones como al guión y la dirección. El más destacado es el galardón de la categoría de “Mejor Película Extranjera de Habla Hispana” en los distinguidos Premios Goya. Más de quince años después de su estreno, “La vida de los peces” se ha mantenido en una pieza singular dentro del catálogo del cine chileno.
El largometraje consiste en 82 minutos en los que pretende ser un lapso de tiempo literal de Andrés desde que decide irse de la fiesta, sin embargo, se ve envuelto o se involucra en situaciones que le impiden retirarse para preparar su maleta y tomar un vuelo de vuelta a Alemania.
El recurso de simular que la historia transcurre en tiempo real, no es una jugada nueva para Bize, es su cuarto proyecto en utilizarlo y a niveles cinematográficos, lo dominó de manera superior que en oportunidades anteriores.
Para esta ocasión, la herramienta convierte a la premisa levemente genérica en algo muy interesante. Hablando de manera personal, siempre he sentido afinidad por piezas que se apoyan en la calidad del diálogo, escenas largas y un guión sobre personajes normales pero complejos. Sin embargo, esta se hace increíblemente larga debido al mismo recurso que la hace atractiva.
Después de los primeros 30 minutos, el filme no puede evitar sentirse redundante en cuanto a las acciones de los personajes. Si, es una película que debe contar toda su historia en un solo escenario, el cumpleaños. Si, es una película que debe seguir a Andrés por la casa. Es una decisión que no deja muchas opciones, sin embargo, no se encuentra un sustento sólido dentro de los diálogos. Falta química, fluidez y, en ocasiones, un argumento en lo que se dice y para qué se dice..
Aún así, hay dos grandes excepciones, una escena en la habitación de Mariana (interpretada por Antonia Zegers) y otra con Carolina (interpretada por María Gracia Omegna) quienes sostienen pequeñas partes del proyecto que realmente aportan a la historia, además de presentar un gran desplante al encarnar personajes que están sumamente tristes en una fiesta de cumpleaños, una dicotomía que siempre será brillante.
Todo el largometraje presenta una atmósfera lúgubre a pesar de ser una instancia feliz, incluso cuando no sabemos la razón. Visualmente, se aprecian tonos fríos constantemente, desde el vestuario hasta las luces que alumbraban la casa buscando mostrar una imagen más real. El largometraje se ve bastante íntimo, casero y oscuro. Por esta razón, es un acierto cuándo se expone que Francisco, el mejor amigo de Andrés, quien solía vivir en la casa donde transcurre la historia, murió a causa de un accidente automovilístico y Andrés estaba presente, justificando el tono funesto que permanece en la obra.
Es en ese punto donde se identifica un argumento que sustenta mucho más la historia y los motivos del protagonista. Es una oportunidad perdida que le daba sentido a las piezas, mucho más allá de la historia de amor que, por cierto, no vemos.
Las actuaciones de Santiago Cabrera, quien interpreta a Andrés, parecen muy naturales, aunque no es el caso de su manera de hablar. A través de sutiles expresiones, levanta un personaje complejo exponiendo a un hombre levemente disociado y reprimido. Por otro lado, Blanca Lewin quien interpreta a Beatriz, el gran amor de la vida de Andrés y con quien comparte los momentos más potentes de la película tanto en aspectos visuales como narrativos, se hace imposible evitar pensar en que su personaje tuvo mucho menor desarrollo, convirtiéndola en una figura casi estática en términos de actuación y expresión del diálogo que no congeniaba en lo que comunicaba verbalmente y lo que finalmente su personaje hace.
La música toma un papel bastante importante y merece ser destacado. Compuesta en su totalidad para la realización del filme, Diego Fontecilla se luce en su trabajo. Ya sea la presentación improvisada con solo una guitarra de uno de los invitados, escena que atribuye a la atmósfera romántica y anhelante de la película (y mencionando de manera subjetiva, me encanta) o un melancólico plano cerrado de la expresión de Andrés, impulsando el sentimiento latente y apunto de desbordar del protagonista. Logra darle personalidad al proyecto y eleva al clímax de la película.
Es una película con una ejecución imperfecta, pero profundamente honesta. Un proyecto cuya atracción principal termina siendo uno de sus defectos más visibles; no logra entretener al espectador. Aún así, posee momentos y decisiones desde la producción que merecen reconocimiento. Es una apuesta arriesgada para la taquilla chilena pero representando a un sentimiento tan universal que resulta inevitable verse representado, al menos por un instante.
Existe un infinito catálogo de películas románticas y algunos se preguntaran para qué seguir volviendo a lo mismo, pero realmente, ¿podemos dejar de hablar de amor? Considero que la respuesta es no, ni siquiera para el que nunca que nunca lo ha sentido del todo, pero valdría la pena saber ante qué foco grabarlo.


