La cultura de Antofagasta no debería depender de un festival

Por Fabiola Marín

Por más de una década, la Feria Internacional del Libro Zicosur (FILZIC) se ha convertido en uno de los panoramas culturales más esperados del invierno en Antofagasta. Su oferta literaria, la presencia de destacados autores nacionales e internacionales, el tradicional Carnaval de los Colores y una amplia programación de conversatorios, talleres y actividades para todas las edades la consolidaron como un evento de referencia en la macrozona norte. 

Pero esta hermosa tradición nortina atraviesa, quizás, uno de los peores momentos de su historia. La edición 2026 estuvo marcada por cambios de fecha, dificultades de financiamiento, invitados que cancelaron su participación y una menor presencia de librerías y editoriales, evidenciando una organización obligada a adaptarse sobre la marcha. Sin embargo, pese a todas esas dificultades, miles de personas llegaron hasta la explanada del Estadio Regional. Familias, estudiantes, lectores habituales e incluso quienes sólo compran un libro al año demostraron que el problema nunca ha sido la falta de interés del público. La convocatoria de FILZIC dejó en evidencia que en Antofagasta existe una ciudadanía que sí valora y consume cultura cuando se le ofrecen espacios de calidad.

Cuando Patricio Rojas, fundador y director de FILZIC, anunció que esta podría ser la última versión del festival, la noticia generó incertidumbre. No solo porque Antofagasta podría perder una actividad que durante quince años acercó la lectura a miles de personas, sino porque volvió a quedar en evidencia una realidad que va mucho más allá de una feria del libro: la ciudad corre el riesgo de perder uno de los eventos culturales más importantes del norte de Chile, un espacio que logró reunir literatura, arte, reflexión y encuentro ciudadano en una región donde las instancias culturales de gran escala siguen siendo escasas.

Si algo ha demostrado el trabajo de Patricio Rojas es que un proyecto nacido desde la gestión independiente puede convertirse en un referente nacional. Sin embargo, las dificultades económicas que enfrentó FILZIC en los últimos años, marcadas por la disminución de apoyos, la incertidumbre en el financiamiento y la compleja tarea de sostener un evento de esta magnitud, evidencian que iniciativas de este tipo no pueden depender exclusivamente de fondos públicos o de esfuerzos personales para sobrevivir. Lo mismo podría decirse de Dagmara Wyskiel, quien ha convertido a SACO en una plataforma reconocida dentro y fuera de Chile; del equipo del Teatro Pedro de la Barra, que continúa levantando programación pese a las dificultades propias del trabajo cultural en regiones; o de tantos artistas, gestores y colectivos que mantienen viva la escena local muchas veces sin el reconocimiento ni el respaldo económico que merecen. Si la continuidad de los principales proyectos culturales depende año tras año de conseguir financiamiento de última hora, entonces el problema no es de quienes los organizan, sino de un modelo que sigue considerando la cultura como un gasto prescindible y no como una inversión para el desarrollo de la ciudad.

Somos una región que genera una parte importante de la riqueza del país. Hablamos constantemente de innovación, de desarrollo, de diversificación productiva y de calidad de vida. Pero pocas veces ponemos la cultura en esa misma conversación. Como si fuera un complemento y no un elemento esencial para construir una ciudad.

No necesitamos organizar un festival nuevo cada año, necesitamos fortalecer lo que ya existe, porque talento hay y público también. Basta ver la convocatoria que siguen teniendo estas actividades para entender que el problema nunca ha sido la falta de interés de los antofagastinos, lo que falta es continuidad.

Ojalá el anuncio de Patricio Rojas no termine siendo recordado únicamente como el cierre de un festival. Ojalá sirva para instaurar una conversación mucho más importante: cómo queremos que sea la vida cultural de Antofagasta dentro de diez o veinte años.

Porque el desafío no es reemplazar a FILZIC. El desafío es construir una ciudad donde, con o sin FILZIC, la cultura siga ocurriendo igual.

Y ese, probablemente, sería el mejor homenaje que podríamos hacerle a todos quienes llevan años sosteniendo la cultura en esta ciudad.

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