Entre viajes inconclusos y paisajes del norte

Por Juliana Ángel Barraza

Hay películas que no necesitan grandes giros narrativos para dejar huella, sino que logran conectar con el espectador a través de sensaciones y atmósferas. “Todos Juntos” dirigida por Benjamín Rojo y Matías Pinochet, es una de esas obras que se construyen en la experiencia del viaje y en la evocación de la memoria musical de la banda chilena de Los Jaivas. Más allá de su sencillez narrativa, la película invita a reflexionar sobre la identidad cultural de nuestro país y sobre cómo el cine puede transformar los paisajes en protagonistas silenciosos.  

Dentro de esta propuesta, la historia acompaña a dos jóvenes que recorren el norte de Chile, quienes se ven envueltos en experiencias donde se entrelazan música, paisajes y encuentros cotidianos. La película se configura como una road movie sencilla, en la que el viaje y la música chilena potencian la relación entre Juan, un vendedor de flores y ex músico, interpretado por Samuel González, y Sofía, una mochilera rumbo al altiplano encarnada por Clara Larraín.

En primer lugar, reconozco que, como persona que vive en el norte de Chile y que disfruta viajar, la película me transmitió una sensación cercana. La estructura de road movie permitió sentir que el espectador estaba recorriendo esos lugares junto a los personajes, como si uno misma viajara en el asiento posterior del auto. Esa dinámica de avanzar por largos tramos y detenerse en ciertos puntos me recordó la experiencia real de viajar por el norte, donde las paradas se convierten en momentos de descanso y descubrimiento. 

Es destacable la exposición de espacios que, muchas veces no aparecen en el cine nacional (como las caletas del norte), que, en realidad, reflejan la vida cotidiana y la riqueza cultural de la zona. Sin embargo, también es evidente una pérdida del potencial que no mostraron en los lugares filmados. Se podrían haber utilizado los rincones y paisajes para reforzar la idea de descubrimiento. Por ejemplo,  una oportunidad perdida es no mostrar el Templo de La Tirana en una escena durante las escenas de bailes religiosos y sus respectivas bandas. 

En cuanto a los aspectos técnicos, la fotografía es uno de los elementos más destacables. Los planos abiertos del desierto y la costa transmiten inmensidad y soledad, reforzando la sensación de tránsito y búsqueda interior. No obstante, en algunos momentos, las tomas eran demasiado contemplativas provocando un ritmo un poco más difícil de seguir. Hubiese sido interesante ver ángulos distintos o un mayor contraste entre espacios urbanos y naturales, para enriquecer la narrativa visual. 

No obstante, hay ciertos elementos del desierto que habrían dado mayor fuerza poética a la obra. La luz cálida y la pausa que se siente al viajar por la pampa son recursos visuales que habrían enriquecido la atmósfera de la película y reforzado la sensación de viaje.  

El sonido, por su parte, encuentra en la música de Los Jaivas su mayor virtud. La banda sonora no solo brinda un ambiente particular, sino que actúa como narrador invisible, conectando la historia con la memoria colectiva chilena. 

La música logra que el espectador se sienta parte de una tradición cultural que trasciende generaciones. Sin ella, la propuesta perdería gran parte de su identidad. La dirección de arte, en cambio, se caracteriza por la austeridad: los espacios naturales son protagonistas y los objetos cotidianos apenas intervienen. Esta elección refuerza la autenticidad, aunque limita la riqueza visual que podría haber acompañado la música.  

Del mismo modo, las actuaciones de Samuel González y Clara Larraín sostienen la trama con corrección, aunque sin alcanzar una gran profundidad emocional. González transmite la lucha de Juan por mantener el negocio de flores heredado de su padre, mientras Larraín refleja la contradicción de Sofía, atrapada entre el compromiso social y el deseo de libertad. Sin embargo, ambos personajes quedan delineados de manera superficial, lo que reduce la empatía del espectador. El guión, sencillo y más simbólico que complejo, utiliza el viaje como metáfora de transición y unión, pero deja demasiados cabos sueltos.  

En este sentido, el final abierto es uno de los aspectos más discutibles. La película concluye sin aclarar si Sofía se queda con Juan, si regresa con su pololo de Estados Unidos o si simplemente se despide con un beso. Esta decisión narrativa puede interpretarse como un intento de dar protagonismo a la incertidumbre, pero también genera frustración. Desde mi perspectiva, hubiese sido valioso ofrecer al menos una pista más clara sobre el destino de los personajes, pues la ausencia de resolución debilita la conexión emocional que se había construido.  

En consecuencia, la película cumple con la doble función de informar y valorar. Informa al espectador sobre una propuesta estética que rescata la memoria musical de Chile y, al mismo tiempo, pone en relieve la capacidad del cine para generar reflexión sobre la identidad cultural del norte. Aunque su desarrollo dramático sea limitado y presente un desenlace que deja preguntas sin responder, Todos Juntos logra dejar una huella en el espectador al invitarlo a reflexionar sobre la unión, la memoria colectiva y la cultura nacional, además de visibilizar espacios que muchas veces pasan desapercibidos, como las caletas del norte de Chile.

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