Entre basura y mutaciones: la incómoda crítica ambiental de Vía Exterminio

Basura acumulada e iluminación tenue. Antes de que los personajes dijeran una sola palabra, Vía Exterminio ya dejaba claro que su intención no era hacer sentir cómodo al espectador. La obra dirigida por la Compañía Teatral Eclipse de Antofagasta y que cuenta con la dramaturgia de Valeria Ramírez fue parte del circuito teatral inmersivo “Ser, Cuerpo y Territorio”, una iniciativa impulsada por la fundación teatral antofagastina BASCA, cuyo objetivo era mostrar obras de directoras mujeres en el marco del mes de la mujer. Este montaje muestra un futuro distópico, donde el norte de Chile se encuentra desolado y destruido, construyendo una crítica a la sobreexplotación de recursos naturales y la contaminación, mostrando cómo afectan al territorio y, por sobre todo, a sus habitantes.

La dramaturgia de Valeria Ramírez, actriz antofagastina que también es un personaje dentro de la obra, no apuesta por una narración explícita del todo, más bien por una construcción más simbólica que da espacio a la interpretación y reflexión del espectador. Con una representación de animales mutados, la obra muestra un mundo deteriorado por la contaminación y el abandono, donde los animales del desierto parecen haberse deformado junto al ecosistema que habitan. El perro abandonado, interpretado por la propia Valeria Ramírez, es el personaje más vulnerable del relato, algo que la actriz, sin duda logra transmitir, armando un personaje miedoso y desorientado en este entorno hostil.

Por otro lado, el lagarto, interpretado por la actriz Paula Herrera, y la mosca, representada por Carolina Manques, ya tienen normalizado este mundo, y son figuras que muestran adaptación y decadencia en este entorno podrido y tratan de arrastrar al perro abandonado a ser como ellos y rendirse ante esta nueva realidad.

Vía Exterminio muestra un mundo que inevitablemente se relaciona  a problemáticas reconocidas en Antofagasta y el norte del país. La escenografía hecha por Tobías Doll, diseñador escenográfico del circuito, está compuesta por cúmulos de basura y una gran línea de tren atravesando parte del escenario y construye un espacio desolador que transmite abandono y contaminación desde que el espectador pone un pie en la sala. A esto se le suma la cercanía que hay entre el público y los actores, algo que también juega un rol fundamental en la inmersión de la obra. Pues entre el escenario y las sillas donde se sientan los visitantes no hay más de 2 metros de distancia.

Es dentro de la escenografía donde se puede ver uno de los elementos más importantes y destacados del montaje: el uso del tren como recurso escénico. A pesar de que no hay un tren como tal, el juego con las luces, el humo y el sonido generan una sensación que atraviesa el escenario. El tren no solo funciona como un efecto visual o como un recurso para cambiar de escena, también es una presencia dominante dentro de la obra. Refuerza la idea de la industrialización y explotación que atraviesa el relato, algo que arrasa con todo en su camino. 

Uno de los aspectos más llamativos de Vía Exterminio es la animalización de sus personajes. Las actuaciones de Valeria Ramírez, Paula Herrera y Carolina Manques, sobresalen por un trabajo corporal convincente, haciendo movimientos erráticos y sonidos guturales que transmiten sufrimiento y degradación. Sin embargo, este mismo punto puede dificultar la conexión inicial con el relato, pues ver actores humanos interpretando animales mutados genera una sensación de incomodidad. Aun así, esta decisión funciona como una herramienta coherente con el mensaje de la obra, pues la incomodidad que generan los personajes obliga al espectador a enfrentarse a una realidad decadente y contaminada. 

La obra no busca la empatía fácil o la comodidad visual, apuesta por hacer llegar su mensaje a través de la extrañeza y la tensión, usando a los “mutados” como un reflejo de las consecuencias que provoca la destrucción progresiva del medio ambiente.

A modo de conclusión, Vía Exterminio construye una experiencia teatral completamente inmersiva y reflexiva mediante una propuesta escénica incómoda, pero efectiva. Esta atmósfera desoladora, el simbolismo y el uso del espacio de la obra consiguen levantar una crítica clara a la contaminación y explotación de recursos en el norte de Chile. Si bien al principio la narrativa resulta confusa, el montaje logra plasmar una sensación de inquietud y culpa respecto a los efectos de la sociedad actual sobre el planeta Tierra.

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