La cinta nos muestra cómo la historia, basada en hechos reales, esclarece y deja en evidencia el modus operandi de Fernando Karadima: un hombre dócil y simpático que se adentraba en las nuevas promesas sacerdotales, en los jóvenes, los más vulnerables y manejables de la sociedad.
La historia es narrada por Tomás Leyton (Pedro Campos y Benjamín Vicuña). Al principio, él siente curiosidad por conocer al padre Fernando (protagonizado por Luis Gnecco). De a poco adquiere más confianza en él y este guía su verdadera vocación. Sin embargo, esa confianza crece hasta el punto de que Karadima se adentra en lo más íntimo de Tomás: su cuerpo y su inocencia, hasta abusar de él.
“El Santito”, como se referían a Karadima, empieza a mostrar su verdadera cara: un hombre dominante y autoritario que no respeta la posición ni las acciones de los demás. Aun así, Tomás sigue en las andanzas de su “guía”, dejando de lado su propia persona e incluso a su familia para calmar los enojos del sacerdote. La dominancia del “Santito” llega a interferir en el matrimonio de Tomás y Amparo (Ingrid Isensee), donde se percibe su deseo de hacerlos sentir pecadores, imponiendo su crueldad y maldad.
En los aspectos técnicos, la película dirigida por Matías Lira presenta un estilo narrativo realista. Hace hincapié en los momentos más fuertes y explícitos para acercarnos y hacernos partícipes de cómo se perpetraron los abusos de Karadima, generando un fuerte impacto en el espectador. El director cuenta la historia mediante flashbacks: de un joven hundido en su confusión vocacional a un adulto lleno de pena y remordimiento por los traumas vividos en su juventud junto a su “guía”. Esto marca y enaltece la forma en que se percibe el relato.
Respecto al guion, la coherencia narrativa se sostiene en una secuencia de sucesos entre pasado y presente. Al inicio podría resultar confusa para algunos espectadores; sin embargo, al narrarse de manera omnisciente y siendo el protagonista quien cuenta su propia vivencia, la postura queda clara y coherente. Destaca además el desarrollo de los personajes, especialmente el de Tomás interpretado por Benjamín Vicuña, quien realiza un gran salto evolutivo en su
pensamiento y en cómo se desenvuelve frente a los sucesos que lo marcan progresivamente.
En cuanto a las actuaciones, y dando un contexto general de la obra, se percibe que las expresiones emocionales, la naturalidad y la química entre los personajes están orientadas hacia un realismo muy bien ejecutado, sobre todo en los momentos de mayor tensión y clímax, donde alcanzan altos estándares de profesionalismo.
La cinematografía destaca por el juego de luces en los instantes de mayor tensión, que se adaptan al momento, y por los colores sombríos que caracterizan el convento y la iglesia. Los planos utilizados enfatizan los momentos de mayor connotación realista. En una de las escenas más explícitas se combinan planos abiertos con detalles, lo que refuerza el realismo; los movimientos de cámara resultan especialmente significativos por su total concordancia con el tono emocional. El montaje alterna ritmos lentos y rápidos que transmiten la adrenalina de las escenas, acompañados por el sonido, creando un universo de sensaciones. La dirección de arte —vestuario, maquillaje y escenografía— transmite exactamente lo que cada escena pretende, diferenciándose con precisión.
Para concluir, el director aborda esta historia con profundidad a partir de una realidad del país: una verdad incómoda y poco visibilizada por la influencia que aún persiste en la Iglesia católica, relacionada con las aberraciones cometidas contra los más vulnerables, los jóvenes, abusados de forma directa e indirecta. Lo más preocupante es la escasa importancia y la máxima impunidad de la que gozan estos abusadores, quienes, a pesar de que sus actos salen a la luz, siguen en libertad y “bajo penitencia sacerdotal”.


